martes, 23 de junio de 2009

Es la libertad, Ahmadineyad

Lo que empezó como unas elecciones para elegir entre la carrera nuclear, belicista, antisemita, y destructora de la economía iraní que representa Ahmadineyad, y el reformismo de Musavi, ha acabado con unas revueltas históricas en contra del fraude electoral producido que, poco a poco, están empezando a convertirse en revueltas por la libertad.
Porque, si bien los iraníes saben que, aun siendo Musavi presidente, son los ayatolás los que tienen la última palabra, no consideran admisible que haya fraude y se juegue con una de las pocas libertades que tienen: la de elegir el presidente-títere de su país, y más cuando internet les acerca a los modelos democráticos occidentales (y acercan a Occidente la realidad iraní, por mucha mordaza a la prensa que quieran imponer desde el régimen).
Y los ayatolás, quizás considerando que la corrupta política cuasiterrorista (o terrorista, tal cual) de Ahmadineyad es más afín al pensamiento extremista del Consejo de los Guardianes que la que pueda representar Musavi, prefieren mantenerle a pesar del pucherazo electoral evidente, sin tener en cuenta la voz del pueblo que les implora que prefieren no hundirse en la miseria que borrar del mapa Israel.
Quizás sea ahora, con imágenes estremecedoras como la de Neda Salehi Agha Soltan cuando los iraníes sepan que no luchan contra un fraude electoral, sino por la libertad. Jamenei y los suyos lo saben, y de ahí sus reacciones en contra de su propio pueblo.
Lo triste para España es que mientras los líderes europeos, ejerciendo un liderazgo real en Europa, defienden la libertad de expresión y critican duramente las represiones (es muy gratificante escuchar a Ángela Mérkel, por ejemplo, decir: "Alemania está de la parte de la gente de Irán que quiere ejercer su derecho a la libertad de expresión y reunión"), el creador de esa criatura llamada Alianza de las Civilizaciones (cuyo mayor logro ha sido pagar varios millones de euros a un artista afín al zapaterismo por una cúpula que se cae a trozos y dar nombre a la sala que la contiene) aún no ha dicho esta boca es mía.
Hay tres motivos, en mi opinión, para que el gobierno de Z. no opine respecto a lo que ocurre en Irán: El primero es que crean que la corrupción política y los pucherazos sean normales en la civilización iraní, y por tanto no haya motivo para que se le critique, en pro de la Alianza. Otra razón es que, por no ser querer ser acusado de islamofobia (palabra maldita) o de injerencia en los asuntos internos de Irán, renuncie a la firme defensa de los valores occidentales de libertad de expresión y reunión, como ha hecho Ángela Mérkel y Sarkozy, entre otros. Y la tercera y última, y posiblemente la más probable, es que como toda la política general de este gobierno ante los acontecimientos, estén expectantes ante lo que ocurra.
Z. ha estado siempre expectante ante los acontecimientos: así estuvo ante lo que el llamó ligera turbulencia económica y ha acabado convirtiéndose en una de las más graves crisis económicas que afectan a nuestro país. Y ahora nuestro gobierno permanece en silencio ante los acontecimientos que suceden en Irán, al contrario de los (auténticos) líderes europeos que defienden el valor supremo de todo ser humano, la libertad. Mientras tanto, la sangre de los manifestantes iraníes, como la de Nada Salehi Agha Soltan, llena el vacío del silencio y las palabras huecas del gobierno español.